lunes, 20 de junio de 2011

PTE JUSTICIA Y PAZ: COMPROMISO EN EL MUNDO

Palabra de Dios y compromiso en el mundo
                         
Card. Peter K.A. Turkson
Presidente, Pontificio Consejo "Justicia y Paz"

Miércoles, 09 de Febrero de 2011 11:30


INTRODUCCIÓN:
Saludo cordialmente a Su Eminencia, a los Excelentísimos señores Arzobispos y Obispos, a los muy apreciados Sacerdotes, y a todos ustedes: mis Hermanos y Hermanas en la llamada única a seguir a Jesús como discípulos.
Traigo conmigo los saludos y los mejores deseos en la oración del Pontificio Consejo "Justicia y Paz". Confío en que vuestras jornadas aquí, reflexionando sobre la Sagrada Escritura como Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, hayan sido muy fructíferas. Aunque ya existen muchas versiones de la Biblia en castellano[1], esta ha sido una ocasión para la presentación de la espléndida nueva Biblia de la Conferencia Episcopal Española[2]. Esperamos que el gran trabajo realizado en la elaboración de esta versión, mejorando su fidelidad a los textos originales, la haga más "comunicativa con la cultura moderna", y contribuya a que los cristianos vivan adecuadamente sus compromisos en el mundo.
Esta mañana, desearíamos dirigir, para clausurar este congreso, la consideración de la Palabra de Dios en la Escritura, no sólo como fuente de vida y alimento de la Iglesia, sino también como fuente y contenido de la misión misma de la Iglesia y de su actividad en el mundo.
PRIMERA PARTE
La Palabra de Dios como Revelación del Compromiso de Dios en el mundo
Queremos advertir en primer lugar que la Palabra de Dios es fuente y contenido del compromiso de la Iglesia en el mundo, porque es, primeramente y ante todo, revelación del propio compromiso de Dios en el mundo. Y así, a grandes rasgos, podemos inmediatamente contemplar, cómo la Palabra de Dios revela su compromiso con el mundo:
ñ como palabra de la creación en los primeros capítulos de la Biblia.
ñ como palabra de la llamada y de la alianza en la historia de la vocación de la salvación de Abrahán y de Israel
ñ como palabra de la llamada, de la presencia y de la salvación en la encarnación, ministerio, pasión y resurrección de Jesús, y
ñ como palabra de la llamada misionera (evangelización) y del ministerio en Pentecostés y en la vida de la Iglesia a través de los siglos. Este último punto coincide explícitamente con el tema que me ha sido asignado para esta mañana: el compromiso de la Iglesia en el mundo
1. La Palabra de la Creación:
La primera instancia de la revelación de la Palabra de Dios al mundo, fue en realidad, en la creación. La serie de expresiones "Dios dijo" (ר מ א י ו) realizaron "la irrupción en el silencio de la nada"[3] para producir la realidad creada. La Palabra de Dios ("y Dios dijo: hágase...") transformó el "caos" en los albores de la creación en un "cosmos", un ordenado sistema mundial, capaz de sustentar la vida humana.
El prólogo del Evangelio de Juan expresa bellamente este primer compromiso de la palabra de Dios con el mundo como "creación": "Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe" (Jn 1, 3; cfr. Is 45, 12. ss; Job 38,4; Neh 9,6 etc.). Lo que ha sido llamado a la existencia por la Palabra de Dios era "vida". La Creación nace de la Palabra de Dios que supera la nada y crea vida.
La Creación, sin embargo, no es un encuentro fugaz de la Palabra de Dios con el mundo. Creación denota más específicamente un sostenido encuentro de su Palabra con el mundo, que continúa en la existencia, porque Dios continúa sosteniéndolo con su Palabra. Dios está siempre comprometido con la creación, obra de sus manos; y es éste el sentido de la creación como cosmos, el que mejor ilustra el poder sustentador de su palabra en la creación. "Cosmos" (κοσμέω –-- cfr. cosméticos) describe el mundo creado como un ordenado y adornado sistema. Ello connota belleza y bondad, porque hay orden; y esto es en lo que la Palabra de Dios ha transformado el caos (el tohu wabohu) en la creación. Así, el caos ante la presencia de y con la Palabra de Dios se convierte en un cosmos. Por el contrario, el cosmos privado de, y sin la Palabra de Dios se revertirá en caos. La continuada existencia y evolución del cosmos, por lo tanto, se debe al poder creador y transformador de la Palabra de Dios siempre presente en el mundo. Así fue dicho por el profeta: "(Dios) no la creó caótica, sino que para ser habitada la plasmó" (Is 45, 18).
El compromiso de Dios para el mundo, como un sistema creado, es revelado no sólo por el sustento de la Palabra y la permanencia de la creación en el ser; es también dado a conocer por el cumplimiento del designio de Dios en el mundo por medio de su Palabra (Is 55, 10ss). En este sentido, para el mundo sería una situación crítica y arriesgada el hecho de estar sin la Palabra de Dios, ya sea a causa de sus propios pecados (Amós 8, 11), ya sea por la falta de profetas y sacerdotes (Sal 74, 9).
Por tanto, los relatos de la creación, nos muestran a Dios que actúa en el mundo como fuente de vida y amante de la vida, estableciendo, de este modo, orden y belleza, y disipando el caos y la confusión; la confusión de roles e identidades conduce al caos. Dios es, pues, promotor y amante de la vida.
2. La palabra de la Llamada y de la Alianza
La segunda instancia de la revelación de la Palabra de Dios en el mundo, como una expresión del compromiso de Dios con lo que ha creado, es la historia de la salvación del ser humano, la cual también tomó la forma de una "llamada" (la palabra de la llamada). Ésta comienza con la vocación de Abrahán, que luego condujo a la llamada de Israel como pueblo de Dios. En Abrahán y en su descendencia, el pueblo de Israel, la Palabra de Dios, de llamada se tradujo en promesa y bendición, por la cual Dios se compromete con Abrahán y su descendencia por medio de una serie de alianzas, gratuitas iniciativas de Dios, que les ofrece su amistad y los invita a la comunión y a la fraternidad.
Así, Dios llamó a Abrahán en Ur de los Caldeos, le prometió hacer de él una gran nación, un gran nombre, y que sería una bendición para todas las familias de la tierra (Gn 12, 1-3). La vida de los patriarcas Isaac y Jacob supuso el inicio de la realización de los contenidos de las promesas incluidas en la primera palabra de la llamada dirigida a Abrahán
Esta primera palabra de la llamada condujo a una segunda palabra de la llamada, la que sacaría de Egipto a los hijos de Israel. "De Egipto llamé a mi hijo" (Os 11,1; Ex 3,6 ss). Nuevamente, Dios, de acuerdo con esta llamada, se comprometió con los hijos de Israel en un pacto sobre el Monte Sinaí (Ex 19-20; 24; Dt 5, 2; 29; Jr 11, etc.): "Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo". Esta fue la idea-clave de aquella alianza; y Dios se estableció con Israel en "la tierra prometida".
El surgimiento de los Jueces y de los Reyes -sobre todo la elección de David (2 Sam 7), a quien Dios prometió "mantener siempre una lámpara encendida delante de él en Jerusalén"-, la unción real y la vocación profética pertenecen al ámbito del compromiso de Dios con Israel como su pueblo y heredad.
A través de su palabra, como palabra de la llamada y como palabra de la alianza, Dios se comprometió con la descendencia de Abrahán, el pueblo de Israel, con una serie de alianzas que fueron introduciéndolo en la comunión con Dios, aun cuando Israel daba muestras de ser indigno de ello. La iniciativa era siempre de Dios. Su amor y su misericordia, y no los méritos de Israel, sostenían su llamada y su alianza con él.
En esta fase de la historia de Israel, el compromiso de Dios toma la forma de la revelación de la absoluta gratuidad de su condescendiente iniciativa de comprometerse a sí mismo con la humanidad en alianzas, proyectándola en la amistad y la comunión. En la consiguiente relación, Dios revela el amor, la misericordia, la compasión y la fidelidad con la cual se compromete con el mundo y la humanidad, mientras que mantiene ante el mundo las virtudes de la paz, la justicia, la seguridad, la fraterna preocupación, la honestidad y la fidelidad, enseñando a cultivarlas. La historia de las "alianzas" (conduciendo a la "nueva y eterna alianza en la sangre de Cristo") es la historia del incansable compromiso y vinculación de Dios con el hombre y con su mundo. Como en la proverbial "madre" de la profecía de Isaías (Is 49, 15), Dios no puede olvidar a "su hijo pequeño", el mundo y el hombre que Él ha creado.
El exilio de Babilonia concluye esta fase de la existencia de Israel en la "tierra prometida"; pero esto fue para conducir a otra palabra de la llamada a través de la cual Dios restauraría a su pueblo en la "tierra prometida". En efecto, cuando Dios "tomó de la mano derecha, a Ciro, lo ungió y lo llamó por su nombre" (Is 45, 4; 48, 15), lo cual era para el bien de Israel, su elegido; era "para erigir la ciudad de Dios y realizar el propósito de Dios sobre Babilonia" (Is 48, 14b).
En el período del post-exilio y en cumplimiento de la completa liberación de su pueblo para servirle sólo a él y en santidad, Dios llamó a su siervo y abrió su oído para que escuchara el mensaje dirigido a su pueblo y posteriormente también para las naciones (Is 50, 4-5). "Yo, el Señor, te llamé en la justicia, te sostuve de la mano, te formé y te destiné a ser la alianza del pueblo, la luz de las naciones" (Is 42, 6). En la unción y el poder del Espíritu de Dios, el siervo de Dios fue enviado no sólo para portar buenas nuevas y anunciar el año de gracia de Dios (Is 61, 1-2), sino para identificarse con los pecados de su pueblo. En solidaridad con ellos, él sufrió vicariamente por sus pecados para hacerlos justos (Is 53, 11-12). Esta fue otra llamada; y fue la llamada del Mesías.
Ya en el contexto de las relaciones de la alianza, Dios realizó ciertos signos de su bendición para con el mundo referidos a personas individuales. Abrahán fue como un signo de bendición para Abimelec; y José lo fue de igual modo para la tierra de Egipto. De modo semejante, Dios instituyó a Moisés como representante corporativo del pueblo, asumiendo en él mismo la suerte y el destino del pueblo (Ex 17, 10 ss.; 32, 32). Dios elegiría ciertos individuos y pueblos para ejercer roles través de los cuales Él mostrará su compromiso con el mundo y realizará sus propósitos en la vida de su pueblo, aun cuando esos roles fueran de meros intermediarios y representantes.
En la llamada y la misión del Siervo de Yahvé, en la profecía de Isaías, esta ulterior forma de compromiso de Dios con el mundo, en concreto, a través de figuras representativas y corporativas llegó a ser prominente. En la figura del Siervo de Yahvé, Dios preparó y dispuso a su Siervo, que no solo actuó en nombre de Dios, sino que también actuó vicariamente en nombre del pueblo de Dios para justificarlo (Is 52, 13-53,12): "Mi servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos" (Is 53, 11).
La actividad vicaria del Siervo de Yahvé forma parte del compromiso y vinculación de Dios con el mundo, pues muestra cómo un individuo puede, en nombre de Dios, llevar a cabo el plan de Éste para con el mundo, lo cual ha servido de preparación para la venida y la misión de Jesucristo, el Mesías: Él es la definitiva y plena revelación del compromiso de Dios para con el mundo.
3. La "Palabra" se hace carne: la presencia de Dios que salva
En la plenitud de los tiempos, la Palabra de Dios descendió a la tierra, tomó carne y habitó entre los hombres. Como palabra-hecha-carne, la Palabra de Dios continúa llamando a la humanidad a la vida y a la verdad que conduce a la vida; y llega a ser además presencia de Dios entre los hombres. Así, en Jesús, la palabra encarnada, la revelación del compromiso de Dios en el mundo y para el hombre fue expresada como una presencia: la presencia de Dios que sana, consuela, enseña, palpa y es palpada; la presencia que expulsa los demonios, perdona los pecados, y redime o salva; es la presencia que revela el infinito amor paternal de Dios. Pues "Dios ha amado tanto al mundo que envió a su hijo", palabra de vida eterna (Jn 6, 68), para que sus hijos tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10, 10).
Jesús, la palabra-hecha-carne, continúa su llamada, que fue inicialmente dirigida a sus discípulos, sus primeros seguidores, aquellos que vinieron para estar con Jesús y a quienes Él envió a predicar en su nombre. Para su bien, Jesús se santificó a sí mismo, para que también ellos pudieran ser santificados (Jn 17, 19). Él los protegió en el nombre del Padre y veló por ellos (Jn 17, 12): "Padre Santo, protégelos en tu nombre, [el nombre] que tú me has dado" (Jn 17, 11). El aseguró a sus seguidores que estaría con ellos hasta el fin, y oró para que "aquellos a quienes él ha revelado el nombre del Padre" (Jn 17, 6) puedan estar con Él donde él está, para ver su gloria (Jn 17, 24). Así, el amor del Padre por el Hijo y el Hijo mismo estarían con ellos.
De hecho, "Jesús amó siempre a los suyos que estaban en el mundo, y los amó hasta el final" (Jn 13, 1)[4]; y Él mostró la profundidad de su amor por sus discípulos cuando se reclinó con ellos en la mesa de la última cena. Ahí, Jesús actuó su compromiso con sus seguidores en dos sentidos: Él se mostró a sí mismo como servidor de todos, lavando sus pies ("Yo estoy entre vosotros como uno que sirve"); y a través de los signos sacramentales del pan partido y el vino ofrecido. Él se entregó a sí mismo como oblación por sus seguidores, y les ofreció esta oblación como comida (alimento). Pero esto no acabó ahí. Jesús hizo que este acto de total oblación fuera presencia permanente suya por medio de la institución de la Eucaristía en la última cena. "Si el mundo antiguo había soñado que, en el fondo, el verdadero alimento del hombre —aquello por lo que el hombre vive— era el Logos, la sabiduría eterna, ahora este Logos se ha hecho para nosotros verdadera comida como amor"[5].
Con el nacimiento de Jesucristo, la Palabra de Dios asumió la carne, se hizo un hombre y una presencia en el mundo. Al hacerse hombre, Jesús fue reconocido como quien ha "tomado la condición de un esclavo" (Flp 2, 7), se ha hecho "cordero de Dios" (Jn 1, 36) además de "sacerdote y víctima de sacrificio" (Hb 9-10); se identificó con los pecadores, aceptando su bautismo (Mt 3, 13); asumió sus pecados y murió por el pueblo (Jn 18, 12); se hizo como uno "sin hogar" para estar junto a los que no tienen hogar (Mt 8, 20; Lc 9, 58). El compromiso de Dios en el mundo asumió – en la "Palabra de Dios hecha carne" - una característica y significativa forma de solidaridad con la humanidad. Como presencia en la carne, Jesús se abrazó a los pequeños en una muestra de afecto. Él tocó a los enfermos, los sanó y los consoló, y ellos se acercaron a Él y lo tocaron. Él visitó a los enfermos y a los compungidos. Mostró su compasión, hacia las necesidades físicas de los hambrientos, hacia los ignorantes y hacia los entendidos, atendiendo las necesidades espirituales del perdón de los pecados, de la reconciliación y de la liberación de los espíritus inmundos. En síntesis, la vida y la misión de Jesús, la Palabra encarnada de Dios, revela el compromiso de Dios en el mundo en la múltiple forma de gestos, acciones y servicios que, estando centrados en Dios, van dirigidos a procurar el bienestar del hombre y su mundo.
Y lo más importante, Jesús percibió la exigencia de su misión, por ello eligió a sus seguidores (discípulos), preparándolos y dándoles poder para dicha misión. Con ellos, celebró la primera Eucaristía y la confió a ellos como un signo efectivo de su permanente e indefectible presencia, la máxima revelación del permanente compromiso de Dios con el mundo.
4. La palabra de la llamada misionera a evangelizar
A través del encargo misionero que Jesús confió a sus seguidores, como apóstoles, el Logos, palabra de la llamada de Dios, continúa su obra, pero ahora como "palabra de la llamada misionera", y difundiéndose entre "todos aquellos que a través de su [apóstoles] palabra llegarán a creer en Él [Jesús]" (Jn 17, 20). Estos podrían ser "las otras ovejas que no son de este redil; también a ésas debo conducir; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, bajo un solo pastor" (Jn 10, 16).
En Pentecostés, esto comienza a suceder. La Palabra de Dios que acompañó la predicación de Pedro hasta reunir tres mil personas de distintas procedencias en torno a los discípulos de Jesús, da origen a la Iglesia. Ahí, a través de la Palabra de Dios, la oración, la fracción del pan y la fraternidad, la presencia de Dios con su pueblo fue celebrada y continúa celebrándose hasta nuestros días. "Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos" (Mt 18, 20). La presencia del Señor que actúa entre sus seguidores los hace testigos suyos, extensión de su ministerio en el mundo hasta el final de los tiempos, y por tanto, extensión de la revelación en Jesús del compromiso del Padre para con el mundo, su creadora y convocadora palabra de salvación. El compromiso de la Iglesia en el mundo debe ser una continuación y un signo del propio compromiso de Dios revelado en Jesús. Se deriva de Cristo, su cabeza, y es predicación suya. Así, la Palabra de Dios en su forma preeminente e inspirada, que es la Escritura, y en sus formas derivadas en las enseñanzas de la Iglesia, constituye la fuente de todas las formas de compromiso de la Iglesia en el mundo.
El compromiso de la Iglesia en el mundo, por lo tanto, puede ser solo de un tipo – de hecho un sacramento – el del compromiso de Dios revelado en la Palabra.
SEGUNDA PARTE: PALABRA DE DIOS Y COMPROMISO EN EL MUNDO
La consideración de nuestro compromiso en el mundo, inspirado por la Palabra de Dios, como Iglesia y como cristianos, puede asumir diversos enfoques. En Jesús, la Palabra encarnada, Pablo ha identificado la "manifestación de la gracia de Dios", la cual nos "enseña a rechazar la impiedad y las concupiscencias del mundo, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús" (Tito 2, 11-13). Relatando esta visión de Pablo respecto la función que él atribuye a la Escritura, a saber: "Toda la Escritura está inspirada por Dios, y es útil para enseñar y para argüir, para corregir y para educar en la justicia" (2 Tim 3,16), se podría aquí identificar la promoción de la conversión personal y el crecimiento en la espiritualidad como nuestra tarea en el mundo.
La Exhortación Apostólica Postsinodal "Verbum Domini", por su parte, dedica nueve números (99-108) a discurrir sobre varios servicios o actividades que constituyen el ministerio social de la Iglesia: "Así pues, la misma Palabra de Dios reclama la necesidad de nuestro compromiso en el mundo y de nuestra responsabilidad ante Cristo, Señor de la Historia"[6]. A la vez que, "el Sínodo ha recordado que el compromiso por la justicia y la transformación del mundo forma parte de la evangelización."[7]
Tan cierto como esto es que la misma Palabra de Dios (la palabra de la evangelización) insta a la Iglesia y a sus hijos a construir una ciudad terrena a través de las diversas formas de su compromiso y de sus ministerios sociales que son una anticipación y una prefiguración de la ciudad de Dios[8] En efecto, "las comunidades cristianas, con su patrimonio de valores y principios [deben contribuir] mucho a que las personas y los pueblos hayan tomado conciencia de su propia identidad y dignidad, así como a la conquista de instituciones democráticas y a la afirmación de los derechos del hombre con sus respectivas obligaciones"[9]. Los "ministerios sociales" no esperaron hasta que la Iglesia estuvo propiamente establecida hacia el año 300 después de Cristo; no, los ministerios – y sus repercusiones – tuvieron su origen casi inmediatamente (véanse los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles) después de Pentecostés y muy pronto fueron causa de persecuciones, al igual que hoy en día. Por tanto ahora, en todas las diferentes culturas y circunstancias, ¿cómo pueden la Iglesia y los cristianos contribuir del modo más apropiado a edificar sociedades más justas, más reconciliadas, más pacíficas, más conscientes de los derechos humanos, más conscientes de la dignidad de las personas y más conscientes del bien común?
La más autorizada y completa respuesta disponible en la actualidad puede descubrirse en la encíclica Caritas in veritate, la cual reúne muchos recursos de la Escritura y de nuestra tradición social católica y los coloca a la base de las cruciales cuestiones sociales de nuestros días: los inicios del siglo veintiuno. La encíclica reformula – y adecuadamente sitúa- nuestra preocupación por el compromiso en el mundo de la siguiente manera: ¿Cómo estamos nosotros "dando forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, haciéndola en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios?[10]
¿Cómo actúa, por tanto, el ser humano, como ciudadano del aquí y del ahora, así como también de la ciudad celeste, en razón de su nuevo nacimiento por medio de la imperecedera semilla de la Palabra de Dios (1 Pe 1, 23), cómo realiza su compromiso y lleva a cabo su contribución a favor de la edificación de una ciudad humana que refleje con fidelidad la ciudad de Dios? A esta gran interrogante, la Escritura responde: es por la gracia y el poder de la Palabra de Dios por medio de los cuales Él lleva a cumplimiento todos sus designios; y es a través de la Palabra de Dios como se convierte en principio de nuestra vida, tal como señala San Pablo: "Que la Palabra de Dios viva en vuestros corazones". A esta misma cuestión, la Caritas in veritate ofrece una respuesta sintética: "La «ciudad del hombre» no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes, sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión" (CiV 6). Es cuestión de restablecer las relaciones rotas por la violencia y de promover unas relaciones más constructivas. En el pasado, la Iglesia se proyectó a sí misma en las estructuras del Estado - cuius regio, eius religio -, pero nosotros comprendemos ahora la sana y real separación (¡aunque compleja!) en las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Pero cuando nosotros hablamos de "edificación", por favor, notemos que los arquitectos, los constructores, los habitantes, son TODOS seculares, nosotros NO edificamos ciudades cristianas del hombre![11]
En un breve párrafo de sólo ciento trece palabras, el Santo Padre detalla las cualidades y virtudes necesarias para que construyamos una Ciudad del Hombre de una manera que sea más conforme con nuestra dignidad, con nosotros, sus amadas Criaturas renacidas mediante Su Palabra, y que refleja y prefigura la Ciudad de Dios:
Nos preocupa justamente la complejidad y gravedad de la situación económica actual, pero hemos de asumir con realismo, confianza y esperanza las nuevas responsabilidades que nos reclama la situación de un mundo que necesita una profunda renovación cultural y el redescubrimiento de valores de fondo sobre los cuales construir un futuro mejor. La crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera confiada más que resignada[12].
El Santo Padre no prescribe plan o receta alguna, ni tampoco políticas o soluciones. En cambio, recomienda la Palabra de Dios como nuestra herramienta de discernimiento. El Santo Padre parece establecer un enfoque conjunto que invita – de hecho insta – a continuar la labor de la Palabra en el mundo, un proceso o dinámica que en sí misma incorpora y refleja en el tiempo la propia Palabra de Dios de compromiso: creativa, convocante, vinculante, presente y salvadora, misionera y evangelizadora, continuadora de la historia de la salvación, "hasta el final de los tiempos", mientras edifica la ciudad del hombre con cualidades más cercanas a la Ciudad de Dios. El enfoque se puede resumir en estas cinco competencias o cualidades inter-relacionadas:
Las cinco competencias para nuestro compromiso:
1. Comenzar con una actitud realista.
2. Basar el trabajo en valores fundamentales
3. Con confianza, asumir las nuevas responsabilidades
4. Estar abierto a una profunda renovación cultural
5. Comprometerse a trabajar con coherencia y consistencia
Estos son cinco aspectos o dimensiones para cada cristiano, para la pastoral social y para realizar nuestro compromiso en el mundo. Permítannos brevemente explorar cada una de ellas:
1.      El primer paso es comenzar con una actitud realista, haciendo frente a las dificultades del tiempo presente, no con respuestas prefabricadas o ideologías simplistas, sino con la Palabra de Dios como nuestra clave de discernimiento.
 "«Al atardecer, decís: «Va a hacer buen tiempo, porque el cielo está rojo como el fuego». Y de madrugada, decís: «Hoy habrá tormenta, porque el cielo está rojo oscuro». ¡De manera que sabéis interpretar el aspecto del cielo, pero no los signos de los tiempos!" (Mt 16, 2-3). Interpretar los signos de los tiempos es asumir la responsabilidad de "leer". Muchos prefieren permanecer pasivos a la espera de que las cosas tomen un nuevo curso para luego poder lamentarse libremente. Pues en efecto, se necesita un verdadero esfuerzo para mantenerse en la lectura de los signos de los tiempos, es nuestra responsabilidad cristiana el hacerlo con equilibrio e inteligencia.
Entonces Jesús dijo, "¿Quién de vosotros, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: 'Este comenzó a edificar y no pudo terminar.'" (Lc 14, 28-30). Parece sencillo, ser ingenuo y dejar las cosas al azar, pero eso no es suficiente para edificar una ciudad digna del hombre.
 "Por eso, a la luz de las palabras del Señor, reconocemos los «signos de los tiempos» que hay en la historia y no rehuimos el compromiso en favor de los que sufren y son víctimas del egoísmo."[13] "La Palabra de Dios nos hace estar atentos a la historia y a todo lo nuevo que brota en ella."[14]
2. Nuestro siguiente paso es basar el trabajo en valores fundamentales, una nueva visión del futuro, lo cual solo puede dar comienzo con uno mismo, y por ello esta segunda competencia puede correctamente ser llamada conversión, metanoia.[15] Conocerse y aceptarse a sí mismo es el principio de la sabiduría. Y esta actitud debe estar acompañada por la disposición a cambiar, a trabajar en sí mismo.
Cuando Jesús pronuncia la parábola del sembrador (Mt 13, 8 –9), concluye diciendo que algunas semillas cayeron en "tierra buena", pero la tierra buena no es un resultado accidental, requiere de duro trabajo para ser preparada, además de paciencia. Cuando el propietario de la viña pierde la paciencia con la higuera, que durante tres años no ha producido frutos, el viñador solicita otra oportunidad: "Pero él respondió: "Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré". ¿Mostramos realmente una disposición a mantenernos trabajando en nuestra propia tierra? ¡Recordemos que Jesús es el jardinero, Él es el sembrador!
 "La Palabra divina ilumina la existencia humana y mueve a la conciencia a revisar en profundidad la propia vida, pues toda la historia de la humanidad está bajo el juicio de Dios."[16]
3. Con confianza, más que con resignación, hemos de afrontar las nuevas responsabilidades, asumiéndolas con una nueva vocación y misión. Para un cristiano el punto de partida y la meta de todo compromiso es Cristo, Alfa y Omega. Nuestra visión está completamente informada por el plan salvífico de Dios para el mundo – como se establece en las Escrituras y se ha expresado definitivamente en la vida y misión de Cristo, prolongada a través de la historia en la Iglesia – y que tiene su centro en la persona humana. Es ese el fundamento de nuestra vida y misión.
"El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto" (Mt 13, 31-32). Y escuchando la parábola de los talentos, Mt 25, 14-30; Lc 19, 12-27 – ¿asumiremos lo que hemos recibido, más allá de nuestro temor o inseguridad, o cavaremos en el suelo y lo ocultaremos? ¿O correremos el riesgo de invertir y desarrollar los talentos sin saber lo que recibiremos a cambio?
"Así pues, la misma Palabra de Dios reclama la necesidad de nuestro compromiso en el mundo y de nuestra responsabilidad ante Cristo, Señor de la Historia. Al anunciar el Evangelio, démonos ánimo mutuamente para hacer el bien y comprometernos por la justicia, la reconciliación y la paz."[17]
4. Para la cuarta competencia, el cuarto "cómo", el Santo Padre nos anima a estar abiertos hacia una profunda renovación cultural y a mostrar confianza y esperanza. Sí, está muy difundido el ser negativo, nihilista, pesimista – lo que no sólo nos deja fuera de alcance, sino que también nos ausenta de ambas historias, la humana y la divina. Rápidamente identificados culturalmente, por tanto, nosotros cristianos creemos firmemente que un mundo más justo y pacífico es posible, y por tanto "nosotros mismos hemos de ser instrumentos de reconciliación y de paz."[18]
Cuando Jesús envió a los "setenta y dos discípulos" para que lo antecedieran en los lugares que Él planeó visitar, Él mismo dijo "Yo os envío como a ovejas en medio de lobos" (Lc 10, 1-20). No ocultó las difíciles circunstancias; La confianza en Jesús hizo que "los setenta y dos volvieran llenos de gozo". Sin embargo habrá menos éxito en Atenas, centro cultural de la civilización mediterránea y "ciudad llena de ídolos", a la que Pablo llegó, para, después, mediante un astuto uso de la ley romana, alcanzar el centro del imperio romano[19].
En palabras del Papa Pablo VI, debemos "alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación."[20]
 5. Finalmente, recapitulando la sabiduría de las cuatro previas, la quinta competencia nos permitirá comprometernos con nuevas reglas, nuevas formas de compromiso, con coherencia y consistencia. Apreciando el plan de Dios y nuestra función en él, "de ahí nace el deber de los creyentes de aunar sus esfuerzos con todos los hombres y mujeres de buena voluntad de otras religiones, o no creyentes, para que nuestro mundo responda efectivamente al proyecto divino: vivir como una familia, bajo la mirada del Creador". [21]
Jesús dispensó las nuevas formas y normas del compromiso, principalmente a través de acciones, pero también con sus palabras. Su crítica a la antigua ley, puede ser sintetizada en aquella frase. "El Sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el Sábado" (Mc 2, 27). Su enseñanza sobre la nueva ley se puntualiza en Jesús lavando los pies de los Doce (Jn 13, 3-11). Explícitamente establece la nueva ley del servicio a los semejantes con su propia coherencia y consistencia ... que poco después sellará con su muerte sacrificial en la cruz.
La dignidad humana es una "característica impresa por Dios Creador en su criatura, asumida y redimida por Jesucristo por su encarnación, muerte y resurrección. Por eso, la difusión de la Palabra de Dios refuerza la afirmación y el respeto de estos derechos".[22]
Subrayando la cooperación, por tanto, que subyace en las cinco maneras de realizar nuestro compromiso, las cuales ponen a la persona humana en el centro de nuestra atención, éste debe ser nuestro foco, como el Papa Benedicto XVI incansablemente enseña, si hemos de construir una ciudad del hombre digna de nosotros mismos y de nuestros descendientes en las generaciones venideras. En efecto, la Palabra humano-divina es el centro de nuestra fe, y la vocación humano-divina del hombre es el centro de nuestro compromiso.
CONCLUSIÓN
"La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana..."[23] Hemos comenzado con la Palabra de Dios. Hemos considerado la Palabra creadora, que convoca, comprometida, presente y salvadora, que se hace efectiva en el envío de los Discípulos. Nos hemos dirigido luego a la exhortación apostólica Verbum Domini, en la que encontramos que la Tercera Parte (nn. 90-120) se titula "Verbum Mundo", la Palabra para el mundo – y por tanto la Iglesia para el mundo. Es lo que se dice, con otras palabras en Gaudium et Spes, y específicamente en Verbum Domini (99-108). Con lo que aquí se afirma, es preciso sintetizar las cinco competencias y conectarlas con nuestra vocación de seguidores de Cristo en el espacio público o el ámbito social - el mundo de la historia humana: aquí es en donde establecemos la conexión con nuestros conciudadanos, tan diferentes en sus creencias y convicciones y con quienes, sin embargo, nos mantenemos firmes en nuestra común humanidad – en la edificación de esa ciudad del hombre que ha de prefigurar con mayor dignidad la Ciudad de Dios. El propio compromiso de Dios con el mundo por la Palabra, ha de ser llevado a cabo del mejor modo posible por nuestro competente y generoso compromiso, con los pobres de las tantas pobrezas que hemos de combatir, nuestro compromiso en favor de la reconciliación, la justicia y la paz.
En la dinámica y recuerdo de la historia de la salvación, la Palabra de Dios llama al cosmos para que surja del caos, llama a Abrahán a salir de su tierra y luego al pueblo a salir de Egipto; nos ha llamado "mientras aun éramos pecadores" (Rm 5,8) para "vivir, la vida plena" (Jn 10, 10). Ahora nos llama a ser su Cuerpo en el mundo, "alimentando al hambriento, dando de beber al sediento, hospedando al extranjero, vistiendo al desnudo, cuidando a los enfermos y visitando a los encarcelados" (Mt 25, 31-46).
"Ante el ingente trabajo que queda por hacer, la fe en la presencia de Dios nos sostiene, junto con los que se unen en su nombre y trabajan por la justicia" y la paz (CiV 78).
"Se cumple aquí la profecía de Isaías sobre la eficacia de la Palabra del Dios: como la lluvia y la nieve bajan desde el cielo para empapar la tierra y hacerla germinar, así la Palabra de Dios «no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo» (Is 55,10s). Jesucristo es esta Palabra definitiva y eficaz que ha salido del Padre y ha vuelto a Él, cumpliendo perfectamente en el mundo su voluntad."[24]


[1] V. gr. La Reina-Valera, Biblia Traducción Interconfesional, Biblia Pastoral, Biblia Católica para Jóvenes, Biblia del Peregrino, La Biblia de las Américas, Biblia de América, Biblia Latinoamericana, etc.
[2] Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, Madrid: Biblioteca de Autores cristianos, 2010.
[3] Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Verbum Domini, n. 1.
[4] Cfr. También Plegaria Eucarística IV.
[5] Deus Caritas est, n. 13.
[6] Verbum Domini, n. 99.
[7] Verbum Domini, n. 100.
[8] Cfr. Caritas in veritate, n. 7.
[9] Benedicto XVI, Mensaje, XLIV Jornada Mundial de la Paz 2011, §7
[10] Caritas in veritate, n. 7.
[11] "Ciertamente, no es una tarea directa de la Iglesia el crear una sociedad más justa" (Verbum Domini, n. 100).
[12] Caritas in veritate, n. 21.
[13] Verbum Domini, n. 100.
[14] Verbum Domini, n. 105.
[15] Juan Pablo II habla de la necesidad de vivir las Bienaventuranzas y de poseer la espiritualidad de misioneros en el mundo actual. Cfr. Redemptoris Missio nn. 87-91.
[16] Verbum Domini, n. 99.
[17] Verbum Domini, n. 99.
[18] "Nunca olvidemos que «donde las palabras humanas son impotentes, porque prevalece el trágico estrépito de la violencia y de las armas, la fuerza profética de la Palabra de Dios actúa y nos repite que la paz es posible y que debemos ser instrumentos de reconciliación y de paz»". Verbum Domini n. 102 citando Benedicto XVI, Homilía (25 enero 2009): L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (30 enero 2009), 6.
[19] Cf Verbum Domini, n. 92.
[20] Verbum Domini, n. 100 citando Evangelii Nuntiandi n. 18.
[21] Caritas in veritate, n. 57.
[22] Verbum Domini, n. 101.
[23] Caritas in veritate, n. 7.
[24] Verbum Domini, n. 99 refiriendo Is 55, 10s.

(Conferencia pronunciada en el congreso "La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia" organizado por la Conferencia Episcopal Española, en Madrid, del 7 al 9 de febrero de 2011, tomada de la página oficial del Congreso que presentó la nueva versión española de la Biblia: www.sagradabibliacee.com ).

BENEDICTO XVI: TESTIMONIO DE FE EN LA POLITICA Y LA CULTURA

ASAMBLEA DEL SEGUNDO CONGRESO DE AQUILEA
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Basílica de Aquilea
Sábado 7 de mayo de 2011

Señor cardenal patriarca,
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas:
En el magnífico marco de esta histórica basílica que de modo solemne nos acoge, os dirijo mi cordial saludo a todos vosotros, que representáis a las quince diócesis del Trivéneto. Me alegra mucho encontrarme con vosotros mientras os preparáis a celebrar, el año que viene, la segunda asamblea eclesial de Aquileya. Saludo con afecto al cardenal patriarca de Venecia y a los hermanos en el episcopado, en particular al arzobispo de Gorizia, a quien doy las gracias por las palabras con las que me ha acogido, y al arzobispo-obispo de Padua, que nos ha ofrecido una visión del camino hacia la asamblea. También saludo con afecto a los presbíteros, a los religiosos, a las religiosas y a los numerosos fieles laicos. Con el apóstol san Juan, también yo os repito: «Gracia y paz a vosotros de parte del que es, el que era y ha de venir» (Ap 1, 4). A través de la «asamblea sinodal» el Espíritu Santo habla a vuestras amadas Iglesias y a todos vosotros singularmente, sosteniéndoos para un crecimiento más maduro en la comunión y en la colaboración recíproca. Esta «asamblea eclesial» permite a todas las comunidades cristianas, a las que representáis, compartir ante todo la experiencia originaria del cristianismo, la del encuentro personal con Jesús, que revela plenamente a cada hombre y a cada mujer el significado y la dirección del camino en la vida y en la historia.
Oportunamente habéis querido que también vuestra asamblea eclesial tuviera lugar en la Iglesia madre de Aquileya, de la que nacieron las Iglesias del nordeste de Italia, pero también las Iglesias de Eslovenia y de Austria, y algunas Iglesias de Croacia y de Baviera, e incluso de Hungría. Reunirse en Aquileya constituye, por ello, un significativo retorno a las «raíces» para redescubrirse «piedras» vivas del edificio espiritual que tiene su cimiento en Cristo y su prolongación en los testigos más elocuentes de la Iglesia de Aquileya: los santos Hermágoras y Fortunato, Hilario y Taciano, Crisógono, Valeriano y Cromacio. Volver a Aquileya significa sobre todo aprender de la gloriosa Iglesia que os ha engendrado cómo comprometerse hoy, en un mundo radicalmente cambiado, para una nueva evangelización de vuestro territorio y para entregar a las futuras generaciones la valiosa herencia de la fe cristiana.
«El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias» (Ap 2, 7). Vuestros pastores han repetido esta invitación del Apocalipsis a todas vuestras Iglesias particulares y a las diversas realidades eclesiales. Os han impulsado así a descubrir y a «narrar» lo que el Espíritu Santo ha realizado y está realizando en vuestras comunidades; a leer con los ojos de la fe las profundas transformaciones que están teniendo lugar, los nuevos retos, las preguntas emergentes. ¿Cómo anunciar a Jesucristo?, ¿cómo comunicar el Evangelio y cómo educar en la fe hoy? Habéis decidido prepararos, de forma capilar, diócesis por diócesis, de cara a la asamblea de 2012, para afrontar también los desafíos que superan los confines de las diversas realidades diocesanas, en una nueva evangelización arraigada en la fe de siglos y renovada con vigor. La presencia hoy, en esta espléndida basílica, de las diócesis nacidas de Aquileya parece indicar la misión del nordeste del futuro, que se abre también a los territorios limítrofes y a los que, por diversas razones, entran en contacto con ellos. El nordeste de Italia es testigo y heredero de una rica historia de fe, de cultura y de arte, cuyos signos aún son bien visibles incluso en la actual sociedad secularizada. La experiencia cristiana ha forjado un pueblo afable, laborioso, tenaz, solidario, que está marcado en profundidad por el Evangelio de Cristo, aun en la pluralidad de sus identidades culturales. Lo demuestran la vitalidad de vuestras comunidades parroquiales, la vivacidad de las asociaciones, el compromiso responsable de los agentes pastorales. El horizonte de la fe y las motivaciones cristianas han dado y siguen dando nuevo impulso a la vida social, inspiran las intenciones y guían las costumbres. Signos evidentes de ello son la apertura a la dimensión trascendente de la vida, a pesar del materialismo generalizado; un sentido religioso de fondo, compartido casi por la totalidad de la población; el apego a las tradiciones religiosas; la renovación de los itinerarios de iniciación cristiana; las múltiples expresiones de fe, de caridad y de cultura; las manifestaciones de la religiosidad popular; el sentido de la solidaridad y el voluntariado. Custodiad, reforzad, vivid esta valiosa herencia. Sed celosos de lo que ha hecho y sigue haciendo grandes a estas tierras.
La misión prioritaria que el Señor os confía hoy, renovados por el encuentro personal con él, consiste en dar testimonio del amor de Dios al hombre. Estáis llamados a hacerlo ante todo con las obras de amor y con las opciones de vida a favor de las personas concretas, comenzando por las más débiles, frágiles, indefensas, no autosuficientes, como los pobres, los ancianos, los enfermos, los discapacitados, aquellos a quienes san Pablo llama las partes más débiles del cuerpo eclesial (cf. 1 Co 12, 15-27). Las ideas y las realizaciones con respecto a la longevidad, recurso valioso para las relaciones humanas, son un bello e innovador testimonio de la caridad evangélica proyectada en dimensión social. Procurad poner en el centro de vuestra atención a la familia, cuna del amor y de la vida, célula fundamental de la sociedad y de la comunidad eclesial; este compromiso pastoral resulta más urgente por la crisis cada vez más extendida de la vida conyugal y por el descenso de la natalidad. En toda vuestra acción pastoral prestad atención especial a los jóvenes: estos, que hoy albergan gran incertidumbre respecto a su futuro, a menudo viven en una condición de malestar, de inseguridad y de fragilidad, pero llevan en el corazón una gran hambre y sed de Dios, que pide constante atención y respuesta.
También en este contexto vuestro la fe cristiana debe afrontar hoy nuevos retos: la búsqueda a menudo exasperada del bienestar económico, en una fase de grave crisis económica y financiera, el materialismo práctico y el subjetivismo dominante. En la complejidad de esas situaciones estáis llamados a promover el sentido cristiano de la vida, mediante el anuncio explícito del Evangelio, llevado con sano orgullo y con profunda alegría a los diversos ámbitos de la existencia cotidiana. De la fe vivida con valentía brota, hoy como en el pasado, una fecunda cultura hecha de amor a la vida, desde la concepción hasta su término natural, de promoción de la dignidad de la persona, de exaltación de la importancia de la familia, fundada en el matrimonio fiel y abierto a la vida, de compromiso por la justicia y la solidaridad. Los actuales cambios culturales exigen que seáis cristianos convencidos, «dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza» (1 P 3, 15), capaces de afrontar los nuevos desafíos culturales, en contraste respetuoso, constructivo y consciente, con todos los sujetos que viven en esta sociedad.
La posición geográfica del nordeste, ya no sólo encrucijada entre el este y el oeste de Europa, sino también entre el norte y el sur (el Adriático lleva al Mediterráneo al corazón de Europa), el fenómeno masivo del turismo y de la inmigración, la movilidad territorial y el proceso de homologación provocado por la acción invasora de los medios de comunicación, han acentuado el pluralismo cultural y religioso. En este contexto, que en cualquier caso es el que la Providencia nos da, es necesario que los cristianos, sostenidos por una «esperanza fiable», propongan la belleza del acontecimiento de Jesucristo, camino, verdad y vida, a todo hombre y a toda mujer, en una relación franca y sincera con los no practicantes, con los no creyentes y con los creyentes de otras religiones. Estáis llamados a vivir con la actitud llena de fe que se describe en la Carta a Diogneto: no reneguéis nada del Evangelio en el que creéis, sino estad en medio de los demás hombres con simpatía, comunicando en vuestro propio estilo de vida ese humanismo que hunde sus raíces en el cristianismo, tratando de construir juntamente con todos los hombres de buena voluntad una «ciudad» más humana, más justa y solidaria.
Como atestigua la larga tradición del catolicismo en estas regiones, seguid dando testimonio con energía del amor de Dios también con la promoción del «bien común»: el bien de todos y de cada uno. Vuestras comunidades eclesiales tienen en general una relación positiva con la sociedad civil y con las diversas instituciones. Seguid dando vuestra contribución para humanizar los espacios de la convivencia civil. Por último, os recomiendo también a vosotros, como a las demás Iglesias que están en Italia, el compromiso de suscitar una nueva generación de hombres y mujeres capaces de asumir responsabilidades directas en los diversos ámbitos de la sociedad, de modo particular en el político. Este tiene necesidad más que nunca de ver personas, sobre todo jóvenes, capaces de edificar una «vida buena» a favor y al servicio de todos. En efecto, de este compromiso no pueden sustraerse los cristianos, que ciertamente son peregrinos hacia el cielo, pero que ya viven aquí un anticipo de eternidad.
Queridos hermanos y hermanas, doy gracias a Dios que me ha concedido compartir este momento tan significativo con vosotros. Os encomiendo a la santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, y a vuestros santos patronos, y os imparto con gran afecto la bendición apostólica a todos vosotros y a vuestros seres queridos. Gracias por vuestra atención.

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domingo, 15 de mayo de 2011

TRIBUTO A JUAN PABLO II (SEGUNDA PARTE)


LEGADOS DE JUAN PABLO II A LA DSI
Juan Pablo II produjo un singular relanzamiento de la Doctrina social de la Iglesia desde el comienzo mismo de su pontificado; basta recordar que la misma expresión “doctrina social” había entrado entonces en un cierto eclipse. “[1]
La DSI había sido fuertemente cuestionada en América Latina y en Europa desde mediados de la década de los sesenta. Ya en el discurso inaugural de Puebla, antes de su primer encíclica, Juan Pablo II manifestó su predilección por la Doctrina Social de la Iglesia: “Confiar responsablemente en esta doctrina social, aunque algunos traten de sembrar dudas y desconfianzas sobre ella, estudiarla con seriedad, procurar aplicarla, enseñarla, ser fiel a ella es, en un hijo de la Iglesia, garantía de la autenticidad de su compromiso en las delicadas y exigentes tareas sociales, y de sus esfuerzos a favor de la liberación o de la promoción de sus hermanos.
Permitid, pues, que recomiende a vuestra especial atención pastoral la urgencia de sensibilizar a vuestros fieles acerca de esta doctrina social de la Iglesia.” (III 7)[2]
Otro  paso decisivo de ese proceso fue dado en 1992, con la declaración de ese año como “año de la doctrina social de la Iglesia.”
El Manual de Doctrina Social de la Iglesia dirigido por Mons. Farrell lo nombra como “Juan Pablo II: el renovador” y precisa que “Juan Pablo II renovará la vigencia de la Doctrina Social de la Iglesia e inaugurará una etapa de atención especial a la problemática antropológica de la cuestión social. Se levanta como el verdadero profeta del hombre nuevo, insistiendo en la idea de que las correcciones de la organización social son inútiles si no se corrige la concepción del hombre.[3]
En efecto, Juan Pablo II  no ha producido una mera actualización de la doctrina, sino que le ha dado un nuevo y original enfoque antropológico que implica una verdadera reformulación en su expresión. Al terminar su pontificado, Juan Pablo nos dejó como legado nada menos que el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Sin embargo desde el comienzo del mismo puede observarse su enseñanza social. Todos sus documentos mayores, no dedicados exclusivamente a la DSI, tienen un hondo contenido social: Redemptor Hominis (1979), Dives in Misericordia(1980), Familiaris Consortio (1981), Christifideles Laici (1988), Tertio millennio Adveniente (1994), Ecclesia in America (1999), Novo millennio ineunte (2001),Ecclesia de Eucharistia (2003) por nombrar algunos.
Las encíclicas que el mismo Juan Pablo II señala como pertenecientes al universo de la DSI son:  Laborem Exercens (Trabajo humano y problemas sociales, 14-9-1981) Sollicitudo Rei Socialis (Auténtico desarrollo del hombre y de la sociedad, 30-12-1987) Centesimus Annus (La cuestión social, a cien años de la “Rerum novarum”, 1-5-1991).
Para el caso de América Latina son referencias obligadas para analizar su enseñanza social los discursos que pronunciara en sus visitas a nuestros distintos países y por supuesto sus discursos inaugurales a las conferencias de Puebla (28-01-1979) y de Santo Domingo (12-10-1992), así como su discurso ante la UNESCO en junio de 1980.
La centralidad de la persona y de la familia como ha sido tradicional en la enseñanza social católica, constituye un eje central del pensamiento de Juan Pablo II. Uno de sus aportes fundamentales fue ubicar epistemológicamente a la DSI, dentro de la Teología Moral Social, sustrayéndola de entre las ciencias sociales y quitándole un carácter ideológico. No obstante, nos parece que sus aportes más sustantivos se refieren a temas como la cultura de la solidaridad, la economía de la solidaridad, el trabajo, la empresa, el desarrollo humano, las causas de la crisis del socialismo real, el discernimiento sobre la economía de mercado y las instituciones propias del capitalismo, las condiciones para una auténtica democracia y la creciente conciencia ecológica.[4]
  1. La solidaridad incorporada por Juan Pablo II a la doctrina social católica[5]
De la mano de Juan Pablo II, la Doctrina Social de la Iglesia… incorporó en las últimas décadas del siglo XX a la solidaridad como categoría fundamental de la moral social. Es un hecho probado que la solidaridad nació dentro de la matriz laica de los movimientos sociales de la modernidad… Sin embargo, poco a poco fue asumida por el Magisterio eclesial, hasta llegar a convertirse en un concepto de referencia ineludible en la moral social católica.
Aunque ya encontramos signos de la solidaridad en documentos eclesiales anteriores[6], Sollicitudo rei Socialis (SRS) es la “encíclica de la solidaridad”, es decir, el documento de la DSI en donde más nítidamente se puede apreciar esta recepción y, aunque tardía, cálida acogida católica del concepto. En esta encíclica de 1987, Juan Pablo II introduce la solidaridad entre la lista de las virtudes cristianas, la vincula a la justicia social (y a ambas en la clave de la interdependencia creciente entre personas y pueblos —una clave que apunta en el sentido de la conciencia del mundo como aldea global), y la relaciona con la caridad. En SRS la solidaridad queda asimismo referida al misterio de la unidad del mismo Dios cristiano, comunidad trinitaria de personas. No exageramos si decimos que con esta encíclica la solidaridad adquiere carta de ciudadanía en el horizonte de la ética social católica.
Una vez que la solidaridad se ha convertido en categoría moral básica de la DSI, no podemos prescindir de ella para entender la dignidad humana. En efecto, las ideas de dignidad personal y solidaridad son correlativas para la DSI: la persona crece cuando construye solidaridad y decrece cuando la destruye. Cuando la DSI se distancia críticamente del individualismo que sobreestima a la persona individual y su preferencia subjetiva sin atender a los vínculos solidarios que la constituyen, o al colectivismo que destruye la singularidad de la persona para convertirla en una pieza en una maquinaria o en un número dentro de un colectivo, esta revelando una convicción fuerte y consistentemente arraigada en la ética social cristiana: el ser humano es siempre, aun cuando los sistemas o la ideologías no le dejen expresarse así, persona solidaria.
2. Cultura y economía de la solidaridad
“Juan Pablo II –recogiendo el aporte de las ciencias humanas- percibe al hombre, a toda persona humana, a las comunidades, inmersos en un hábitat cultural que les condiciona en su proceso de desarrollo y que simultáneamente pueden transformar: En última instancia, es el hombre el primer artífice y beneficiario de la cultura…”
“En su visita a Chile, hablando a los constructores de la sociedad en la Universidad Católica de Santiago, Juan Pablo II utilizó la definición de cultura que nos ofrece el documento de Puebla: “Cultura es el modo particular como los hombres cultivan su relación con la naturaleza, entre sí mismos y con Dios, de modo que puedan legar a un niel de vida verdadera y plenamente humano. (DP 386)”
Aquí introduce el Papa su aporte original: esta triple relación tiene que estar signada por la solidaridad. Solidaridad entre los hombres y los pueblos, con la naturaleza, con Dios. Es decir, una cultura de la solidaridad.[7]
Luego de definir la solidaridad como virtud: “Una determinación firma y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos y de cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (SRS 30) plantea que dicha solidaridad supone como condición necesaria que los miembros de la familia humana se reconozcan como personas: “…La solidaridad nos ayuda a ver al “otro” –persona, pueblo o nación-, no como un instrumento cualquiera para explotar a poco costo su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un “semejante” nuestro, una “ayuda” (cfr. Gn. 2, 18-20), para hacerlo partícipe, como nosotros, del banquete de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios.” (SRS 39)
Una cultura de la solidaridad lleva consigo una “economía de la solidaridad”. “Pero ésta no puede ser… sino el resultado de una opción libremente asumida por los hombres y mujeres que sienten las necesidades de los demás como propias y que están convencidos de que los pobres no pueden esperar, según la célebre expresión de Juan Pablo II en la CEPALC (1987)”
Esto involucra las motivaciones profundas de los distintos actores económicos y también las “políticas económicas y sociales que arrancan de la convicción de que todos los bienes, tanto los que nos da la naturaleza como los que son producto del trabajo humano, están destinados a satisfacer las necesidades de todos los hombres.”
“En nuestros países del tercer mundo la economía solidaria debe traducirse en modelos de desarrollo que combinen el crecimiento y la eficiencia productiva con la equidad en la distribución, acompañados de políticas sociales que buscan hacer eficaz la opción preferencial por los pobres, pagando así la deuda social que la sociedad mantiene con ellos, y levantando la hipoteca social que grava toda propiedad de los medios de producción.”[8]
3. Dignidad del trabajador
Tema central de la DSI desde sus comienzos es el trabajo humano, aunque más precisamente la persona, y por lo tanto la dignidad, del trabajador. Esto alcanza una gran madurez en la primera encíclica social de Juan Pablo II, Laborem Exercens (1981). Al distinguir el carácter primordialmente subjetivo del trabajo humano fundamenta la dignidad de éste, pues la obra resulta del esfuerzo personal, comunitario y social de la persona humana, varón y mujer. No es el trabajo el que dignifica al hombre sino el hombre quien dignifica su trabajo. Es el hombre llamado por Dios a participar, quien contribuye con su trabajo en la obra de la creación. Es el hombre quien se desarrolla como persona a través de su trabajo: físico o mental, remunerado o no, aplicativo o creativo, como empresario, empleado, obrero, peón, ama de casa o voluntario, científico, técnico o artista, como niño que juega y estudia y como anciano que acompaña y acaricia. Toda actividad humana creativa, productiva en el sentido más amplio,  inteligente y libre, es trabajo humano. Este es connatural al ser humano y por lo tanto tiene un sentido mucho más que utilitarista y mercantil. No es la labor de una máquina o un animal sino de la persona humana. De allí que el trabajo se constituya en obligación moral para con uno mismo, la familia, la sociedad y Dios y también en un derecho humano fundamental. No sólo por la retribución que en cada caso corresponda, sino por permitir al hombre ser verdaderamente hombre (varón-mujer).
Si bien el trabajo visto en sentido amplio incluye también el realizado para autoconsumo, el del ama de casa, el voluntarioso altruista o el que se realiza por puro placer, los que comúnmente no son remunerados en el mercado, lo que dio origen a la “cuestión social” fue justamente el trabajo en relación de dependencia y las distintas formas de explotación de las personas con motivo de éste. De allí que un tema siempre presente en la DSI es el del salario justo.
Según Juan Pablo II “El problema clave de la ética social es el de la justa remuneración por el trabajo realizado” porque para la persona no sólo es un medio para vivir y convivir, sino que es la expresión del reconocimiento que la comunidad asigna al aporte de cada uno.
Continúa Juan Pablo II: “Hay que subrayar también que la justicia de un sistema socio-económico y, en todo caso, su justo funcionamiento merecen en definitiva ser valorados según el modo cómo se remunera justamente el trabajo humano dentro de tal sistema. A este respecto volvemos de nuevo al primer principio de todo el ordenamiento ético-social: el principio del uso común de los bienes. En todo sistema que no tenga en cuenta las relaciones fundamentales existentes entre el capital y el trabajo, el salario, es decir, la remuneración del trabajo, sigue siendo una vía concreta, a través de la cual la gran mayoría de los hombres puede acceder a los bienes que están destinados al uso común: tanto los bienes de la naturaleza como los que son fruto de la producción. Los unos y los otros se hacen accesibles al hombre del trabajo gracias al salario que recibe como remuneración por su trabajo. De aquí que, precisamente el salario justo se convierta en todo caso en la verificación concreta de la justicia de todo el sistema socio-económico y, de todos modos, de su justo funcionamiento. No es esta la única verificación, pero es particularmente importante y es en cierto sentido la verificación clave.” (LE 19)
Históricamente se han considerado como criterios objetivos que permiten determinar el salario justo la productividad de los trabajadores, lo necesario para satisfacer sus necesidades básicas y las de su familia (incluyendo entre estas también el necesario esparcimiento y cierta capacidad de ahorro),la situación económica y financiera de le empresa y consideraciones del bien común. Lo cierto es que no siempre la satisfacción de uno de estos criterios permite satisfacer los otros. La situación de una empresa puede impedir que pague salarios suficientes para satisfacer las necesidades básicas del trabajador y su familia, lo mismo puede ocurrir con situaciones de emergencia que requieran sacrificios adicionales en vistas del bien común. Tampoco suelen corresponderse la productividad del trabajador con lo que éste necesita.
Uno de los aportes claves de Juan Pablo II que permite completar este tema, como el del resto de las condiciones de trabajo es la figura del “empresario indirecto”: “Si el empresario directo es la persona o la institución, con la que el trabajador estipula directamente el contrato de trabajo según determinadas condiciones, como empresario indirecto se deben entender muchos factores diferenciados, además del empresario directo, que ejercen un determinado influjo sobre el modo en que se da forma bien sea al contrato de trabajo, bien sea, en consecuencia, a las relaciones más o menos justas en el sector del trabajo humano.” (LE 16).
En concreto, si bien un trabajador en relación de dependencia contrata con un determinado empleador, el empleador suele trabajar a su vez para otros en forma de subcontrato o directamente como proveedor de bienes y servicios a diversos clientes. En consecuencia todos terminan trabajando para quienes consumen los bienes y servicios producidos, tanto por las empresas como por los trabajadores que operan dentro de ellas. Si bien los empleados trabajan en forma directa para un empresario, lo hacen en forma indirecta para todos los consumidores de sus productos, por lo que toda la sociedad (vista como el conjunto de consumidores) tiene responsabilidades indirectas con respecto a las condiciones de trabajo y a la forma en que se remunera a sus trabajadores, más aún el Estado que tiene poder para regular, no solo las condiciones laborales sino el sistema económico en su conjunto y las prestaciones de seguridad social.
Juan Pablo II lo expresa de la siguiente manera: “El concepto de empresario indirecto se puede aplicar a toda la sociedad y, en primer lugar, al Estado. En efecto, es el Estado el que debe realizar una política laboral justa.” Más adelante, tras referirse a las limitaciones que pueden tener los Estados nacionales frente a las relaciones económicas internacionales que condicionan fuertemente a las empresas y a las relaciones laborales dentro de los países, expresa: “Este cuadro de dependencias, relativas al concepto de empresario indirecto… es enormemente vasto y complicado. Para definirlo hay que tomar en consideración… el conjunto de elementos decisivos para la vida económica en la configuración de una determinada sociedad y Estado: pero, al mismo tiempo, han de tenerse también en cuenta conexiones y dependencias mucho más amplias. …es precisamente la consideración de los derechos objetivos del hombre del trabajo –de todo tipo de trabajador: manual, intelectual, industrial, agrícola, etc.- lo que debe constituir el criterio adecuado y fundamental para la formación de toda la economía, bien sea en la dimensión de toda sociedad y de todo Estado, bien sea en el conjunto de la política económica mundial, así como de los sistemas y relaciones internacionales que de ella derivan.” (LE 17)
Obsérvese cómo está implicado nuevamente el concepto de “solidaridad”, en este caso para resguardar los derechos de los trabajadores. Solidaridad que va desde el orden comunal hasta el mundial.
En definitiva, la responsabilidad de una justa retribución a los trabajadores corresponde en primer lugar al empresario directo que lo contrata, pero en orden sucesivo, aplicando el principio de subsidiaridad, a la comunidad de los clientes, consumidores y usuarios, que deben exigir que sus proveedores respeten las condiciones de trabajo dignas, la sociedad en su conjunto y el Estado que deben prever los mecanismos necesarios para completar el salario del trabajador cuando las circunstancias económicas vigentes impidan a las empresas pagar lo necesario para satisfacer sus necesidades y las de sus familias. La sociedad internacional y sus organizaciones deben promover condiciones más justas de comercio internacional y respeto global de los derechos de los trabajadores, cualquiera sea el lugar donde habiten, así como proveer las ayudas necesarias cuando los Estados nacionales no puedan soportar las coberturas sociales dentro de su territorio.
La remuneración justa incluye por cierto la cobertura del trabajo de la ama de casa: “La experiencia confirma que hay que esforzarse por la revalorización social de las funciones maternas, de la fatiga unida a ellas y de la necesidad que tienen los hijos de cuidado, de amor y de afecto para poderse desarrollar como personas responsables, moral y religiosamente maduras y psicológicamente equilibradas. Será un honor para la sociedad hacer posible a la madre –sin obstaculizar su libertad, sin discriminación psicológica o práctica, sin dejarle en inferioridad ante sus compañeras- dedicarse al cuidado y a la educación de los hijos, según las necesidades diferenciadas de la edad. El abandono obligado de tales tareas, por una ganancia retribuida fuera de casa, es incorrecto desde el punto de vista del bien de la sociedad y de la familia cuando contradice o hace difícil tales cometidos primarios de la misión materna” (LE 19).
Lo expresado se conecta necesariamente con otro derecho humano fundamental que es el derecho a la “seguridad social”. Éste involucra no sólo la jubilación y pensión por vejez o invalidez, sino todas las coberturas que pueda requerir la persona humana en situaciones de necesidad que no pueda cubrir con sus propios ingresos o los de su familia: accidentes, enfermedad, desempleo forzoso, muerte o abandono del sostén de familia, orfandad, etc.
La cobertura de seguridad social requiere la creación de instituciones que mediante diversos mecanismos, que combinen el esfuerzo individual de los trabajadores (ahorro, seguros, obras sociales) con la solidaridad organizada de la sociedad bajo la conducción del Estado (fondos para subsidios de desempleo, coberturas adicionales de salud por emergencias o prácticas complejas, sistemas de asignaciones familiares, becas para capacitación y reinserción laboral, becas de estudio para niños y jóvenes, etc.) puedan suplir y complementar las  insuficiencias de salarios recibidos directamente de sus empleadores directos por no contar con capacidad de pago o exceder a la productividad de los trabajadores o bien por desempleo forzoso. Además, considerada como derecho universal, contribuye, junto con el derecho a trabajar y a recibir un salario justo, a concretar el destino universal de los bienes para quienes se encuentran imposibilitados de hacerlo.
4. El desarrollo humano integral
Siguiendo la línea de pensamiento plasmada por Pablo VI en la Populorum Progressio (1967), a los veinte años de su publicación escribe la encíclica Sollicitudo Rei Socialis (1987). Estaba comenzando el proceso de la Perestroika y aún no se había producido el entendimiento entre Rusia y Estados Unidos que pondría fin a la guerra fría. Frente a los mecanismos perversos que hacen más marcadas las diferencias entre Norte y Sur y los avances tecnológicos que permitieron multiplicar y diversificar ampliamente los bienes de consumo reafirma que el progreso económico no es suficiente para definir el proceso de desarrollo.
“…ha entrado en crisis la misma concepción “económica” o “economicista” vinculada a la palabra desarrollo. En efecto, hoy se comprende mejor que la mera acumulación de bienes y servicios, incluso a favor de una mayoría, no basta para proporcionar la    felicidad humana. Ni, por consiguiente, la disponibilidad de múltiples beneficios reales, aportados en los tiempos recientes por la ciencia y la técnica, incluida la informática, traen consigo la liberación de cualquier forma de esclavitud. Al contrario, la experiencia de los últimos años demuestra que si toda esta considerable masa de recursos y potencialidades, puestas a disposición del hombre, no es regida por un objetivo moral y por una orientación que vaya dirigida al verdadero bien del género humano, se vuelve fácilmente contra él para oprimirlo. Debería ser sumamente instructiva una constatación de este período más reciente: junto a las miserias del subdesarrollo, que son intolerables, nos encontramos con una especie de súper desarrollo, igualmente inaceptable porque, como el primero, es contrario al bien y a la felicidad auténtica.”
“Es la llamada civilización del “consumo” o consumismo, que comporta tantos “desechos” o “basuras”. Un objeto poseído, y ya superado por otro más perfecto, es descartado simplemente, sin tener en cuenta su posible valor permanente para uno mismo o para otro ser humano más pobre. Todos somos testigos de los tristes efectos de esta ciega sumisión al mero consumo: en primer término, una forma de materialismo craso, y al mismo tiempo una radical insatisfacción, porque se comprende rápidamente que, -si no se está prevenido contra la inundación de mensajes publicitarios y la oferta incesante y tentadora de productos- cuanto más se posee más se desea, mientras las aspiraciones más profundas quedan sin satisfacer, y quizás incluso sofocadas” (SRS 28).
“Por eso, un desarrollo no solamente económico se mide y se orienta según esta realidad y vocación del hombre visto globalmente, es decir, según su propio parámetro interior… El hombre, pues, al ser imagen de Dios, tiene una verdadera afinidad con Él. Según esta enseñanza, el desarrollo no puede consistir solamente en el uso, dominio y posesión indiscriminada de las cosas creadas y de los productos de la industria humana, sino más bien en subordinar la posesión, el dominio y el uso a la semejanza divina del hombre y a su vocación a la inmortalidad. (SRS 29).
A su vez hace notar que el desarrollo humano en todas sus dimensiones es una vocación del hombre que proviene de Dios desde la creación, y por lo tanto es obligación de todos: “Es lógico concluir, al menos para quienes creen en la palabra de Dios, que el “desarrollo” actual debe ser considerado como un momento de la historia iniciada en la creación y constantemente puesta en peligro por la infidelidad a la voluntad del Creador, sobre todo por la tentación de la idolatría, pero que corresponde fundamentalmente a las premisas iniciales. Quien quisiera renunciar a la tarea, difícil pero exaltante, de elevar la suerte de todo el hombre y de todos los hombres, bajo el pretexto del peso de la lucha y del esfuerzo incesante de superación, o incluso por la experiencia de la derrota y del retorno al punto de partida, faltaría a la voluntad de Dios Creador.” (SRS 30)
Por otra parte, el desarrollo humano integral y solidario se pone de manifiesto desde el título de la Introducción al Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (2005): “UN HUMANISMO INTEGRAL Y SOLIDARIO” y en su número 7 bajo el subtítulo: “b) El significado del documento” expresa: “El cristiano sabe que puede encontrar en la doctrina social de la Iglesia los principios de reflexión, los criterios de juicio y las directrices de acción como base para promover un humanismo integral y solidario. Difundir esta doctrina constituye, por tanto, una verdadera prioridad pastoral, para que las personas, iluminadas por ella, sean capaces de interpretar la realidad de hoy y de buscar caminos apropiados para la acción: “La enseñanza y la difusión de esta doctrina social forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia” (SRS 41)”.
5. El mercado, la empresa y los beneficios. La deuda externa.
En su encíclica Centesimus annus (1991),  en conmemoración de los cien años de la Rerum Novarum, el Papa se enfrenta uno de los hechos más sobresalientes de la historia del siglo: la caída del “Muro de Berlín”, símbolo del socialismo real, al fin de la guerra fría y al aparente triunfo de la ideología capitalista que se postula como “pensamiento único”.
Son esclarecedores los textos de la encíclica que ponen de relieve las bondades y los límites, así como los abusos y el necesario sometimiento a la justicia y a la moral de instituciones económicas tan importantes como el libre mercado, la empresa, los beneficios empresarios y la obligación de pagar las deudas en respeto de la propiedad privada.
Sugerimos leer los textos seleccionados atreviéndonos a subrayar algunas de sus afirmaciones:
“Da la impresión de que, tanto a nivel de Naciones, como de relaciones internacionales, el libre mercado sea el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades. Sin embargo, esto vale sólo para aquellas necesidades que son «solventables», con poder adquisitivo, y para aquellos recursos que son «vendibles», esto es, capaces de alcanzar un precio conveniente. Pero existen numerosas necesidades humanas que no tienen salida en el mercado. Es un estricto deber de justicia y de verdad impedir que queden sin satisfacer las necesidades humanas fundamentales y que perezcan los hombres oprimidos por ellas. Además, es preciso que se ayude a estos hombres necesitados a conseguir los conocimientos, a entrar en el círculo de las interrelaciones, a desarrollar sus aptitudes para poder valorar mejor sus capacidades y recursos. Por encima de la lógica de los intercambios a base de los parámetros y de sus formas justas, existe algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad. Este algo debido conlleva inseparablemente la posibilidad de sobrevivir y de participar activamente en el bien común de la humanidad.” (CA 34)
“En este sentido se puede hablar justamente de lucha contra un sistema económico, entendido como método que asegura el predominio absoluto del capital, la posesión de los medios de producción y la tierra, respecto a la libre subjetividad del trabajo del hombre. (73) En la lucha contra este sistema no se pone, como modelo alternativo, el sistema socialista, que de hecho es un capitalismo de Estado, sino una sociedad basada en el trabajo libre, en la empresa y en la participación. Esta sociedad tampoco se opone al mercado, sino que exige que éste sea controlado oportunamente por las fuerzas sociales y por el Estado, de manera que se garantice la satisfacción de las exigencias fundamentales de toda la sociedad.
La Iglesia reconoce la justa función de los beneficios, como índice de la buena marcha de la empresa. Cuando una empresa de beneficios significa que los factores productivos han sido utilizados adecuadamente y que las correspondientes necesidades humanas han sido satisfechas debidamente. Sin embargo, los beneficios no son el único índice de las condiciones de la empresa. Es posible que los balances económicos sean correctos y que a mismo tiempo los hombres, que constituyen el patrimonio más valioso de la empresa, sean humillados y ofendidos en su dignidad. Además de ser moralmente inadmisible, esto no puede menos que tener reflejos negativos para el futuro, hasta la eficiencia económica de la empresa. En efecto, la finalidad de la empresa, no es simplemente la producción de beneficios, sino más bien la existencia misma de la empresa como comunidad de hombres que, de diversas maneras, buscan la satisfacción de sus necesidades fundamentales y constituyen un grupo particular al servicio de la sociedad entera. Los beneficios son un elemento regular de la vida de la empresa, pero no el único; junto con ellos hay que considerar otros factores humanos y morales que, a largo plazo, son por lo menos igualmente esenciales para la vida de la empresa
Queda mostrado cuan inaceptable es la afirmación de que la derrota del socialismo deje al capitalismo como único modelo de organización económica. Hay que romper las barreras y los monopolios que dejan a tantos Pueblos al margen del desarrollo, y asegurar a todos –individuos y Naciones- las condiciones básicas, que permitan participar en dicho desarrollo
Actualmente, sobre los esfuerzos positivos que se han llevado a cabo en este sentido grava el problema, todavía no resuelto en gran parte, de la deuda exterior de los Países más pobres. Es ciertamente justo el principio de que las deudas deben ser pagadas. No es lícito, en cambio, exigir o pretender su pago, cuando éste vendría a imponer de hecho opciones políticas tales que llevaran al hambre y a la desesperación a poblaciones enteras. No se puede pretender que las deudas contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables. En estos casos es necesario –como, por lo demás está ocurriendo en parte –encontrar modalidades de reducción o extinción de la deuda, compatibles con el derecho fundamental de los pueblos a la subsistencia y al progreso.”(CA 35).
“Es deber del Estado proveer a la defensa y tutela de los bienes colectivos, como son el ambiente natural y el ambiente humano, cuya salvaguardia no puede estar asegurada por los simples mecanismos de mercado. Así como en tiempos del viejo capitalismo el Estado tenía el deber de defender los derechos fundamentales del trabajo, así ahora con el nuevo capitalismo del Estado y la sociedad tienen el deber de defender los bienes colectivos que, entre otras cosas, constituyen el único marco dentro del cual es posible para cada uno conseguir legítimamente sus fines individuales.
He ahí un nuevo límite del mercado: existen necesidades colectivas y cualitativas que no pueden ser satisfechas mediante sus mecanismos; hay exigencias humanas importantes que escapan a su lógica; hay bienes que, por su naturaleza, no se pueden ni se deben vender o comprar. Ciertamente, los mecanismos de mercado ofrecen ventajas seguras; ayudan, entre otras cosas, a utilizar mejor los recursos; favorecen el intercambio de los productos y, sobre todo, dan la primacía a la voluntad y a las preferencias de la persona, que, en el contrato, se confrontan con las de otras personas. No obstante, conllevan el riesgo de una «idolatría» del mercado, que ignora la existencia de bienes que, por su naturaleza, no son ni pueden ser simples mercancías.” (CA 40)
6. Discernimiento sobre economía de mercado y capitalismo real
Tras analizar las distintas formas de alienación humana que se dan en el colectivismo y en el capitalismo, Juan Pablo II responde con claridad y valentía a la pregunta más insistente de ese momento y de esta época:
El marxismo ha criticado las sociedades burguesas y capitalistas, reprochándoles la mercantilización y la alienación de la existencia humana… Ahora bien, la experiencia histórica de los Países socialistas ha demostrado tristemente que el colectivismo no acaba con la alienación, sino que más bien la incrementa, al añadirle la penuria de las cosas necesarias y la ineficiencia económica… La experiencia histórica de Occidente, por su parte, demuestra que, si bien el análisis y el fundamento marxista de la alienación son falsas, sin embargo la alienación, junto con la pérdida del sentido auténtico de la existencia, es una realidad incluso en las sociedades occidentales. En efecto, la alienación se verifica en el consumo, cuando el hombre se ve implicado en una red de satisfacciones falsas y superficiales, en vez de ser ayudado a experimentar su personalidad auténtica y concreta. La alienación se verifica también en el trabajo, cuando se organiza de manera tal que «maximaliza» solamente sus frutos y ganancias y no se preocupa de que el trabajador, mediante el propio trabajo, se realice como hombre…” (CA 41)
“Volviendo ahora a la pregunta inicial ¿se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él sean dirigidos los esfuerzos de los Países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo para los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?
La respuesta obviamente es compleja. Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre». Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico no está encuadrada un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.
La solución marxista ha fracasado pero permanecen en el mundo fenómenos de marginación y explotación, especialmente en el Tercer Mundo, así como fenómenos de alienación humana, especialmente en los Países más avanzados; contra tales fenómenos se alza con firmeza la voz de la Iglesia. Ingentes muchedumbres viven aún en condiciones de gran miseria material y moral. El fracaso del sistema comunista en tantos Países elimina ciertamente un obstáculo a la hora de afrontar de manera adecuada y realista otros problemas; pero eso no basta para resolverlos. Es más, existe el riesgo de que se difunda una ideología radical de tipo capitalista, que rechaza incluso en tomarlos en consideración, porque a priori considera condenado al fracaso todo intento de afrontarlos y, de forma fideísta, confía su solución al libre desarrollo de las fuerzas de mercado.” (CA 42).
“Una exégesis objetiva de este texto y de la encíclica en su conjunto debería concluir que la preferencia pontificia se inclina claramente por lo que se denomina economía social de mercado, cuyo paradigma es el sistema puesto en práctica en Alemania Federal, a partir del proceso de reconstrucción iniciado en la postguerra…”[9] de la segunda guerra mundial y que dio como origen al llamado “Milagro Alemán”.
No obstante, aunque la experiencia alemana es destacable para ser tenida en cuenta, cada nación tendrá que buscar la manera de configurar su sistema económico para lograr un sistema de mercado con libertad, responsabilidad y justicia social en que encuentren su adecuado protagonismo tanto el Estado como la Sociedad Civil.
7. Condiciones para una auténtica democracia
El Compendio de la DSI, basado fundamentalmente en la Centesimus Annus de Juan Pablo II, es muy claro al referirse a las condiciones para una auténtica democracia y a los riesgos de democracia formal con totalitarismo real si no priman los valores y principios morales en que se sustentan la vida social, la comunidad política y el mismo sistema democrático.
406 Un juicio explícito y articulado sobre la democracia está contenido en la encíclica “Centesimus annus”: “La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado. Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la ‘subjetividad’ de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad”. (CA 46)
8.       Los valores y la democracia
407 Una auténtica democracia no es sólo el resultado de un respeto formal de las reglas, sino que es el fruto de la aceptación convencida de los valores que inspiran los procedimientos democráticos: la dignidad de toda persona humana, el respeto de los derechos del hombre, la asunción del “bien común” como fin y criterio regulador de la vida política. Si no existe un consenso general sobre estos valores, se pierde el significado de la democracia y se compromete su estabilidad.
La doctrina social individúa uno de los mayores riesgos para las democracias actuales en el relativismo ético, que induce a considerar inexistente un criterio objetivo y universal para establecer el fundamento y la correcta jerarquía de valores: “Hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondiente a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos. A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”. (CA 46) La democracia es fundamentalmente “un ‘ordenamiento’ y, como tal, un instrumento y no un fin. Su carácter ‘moral’ no es automático, sino que depende de su conformidad con la ley moral a la que, como cualquier otro comportamiento humano, debe someterse; esto es, depende de la moralidad de los fines que persigue y de los medios de que se sirve”. (EV 70)”[10]
8. Conciencia ecológica. Ecología humana.
“Ya en su primera encíclica, Redemptor Hominis 1979), Karol Wojtyla había llamado la atención sobre la amenaza de contaminación del ambiente natural (RH 8). En un mundo que está dilapidando a ritmo acelerado los recursos materiales y energéticos, comprometiendo el ambiente ecológico (RH 16). El desarrollo de la técnica no controlada en un plan a nivel universal… lleva muchas veces consigo la amenaza del ambiente natural y transforma al hombre, constituido dueño y custodio inteligente y noble de la naturaleza en un explotador y destructor sin reparo (RH 15).
Juan Pablo II expresa así un fenómeno que constituye un signo mayor de nuestros tiempos: la conciencia creciente del daño que hemos causado a nuestro entorno natural, acompañado de la esperanza de reparar las heridas de la madre naturaleza…
En la encíclica Laborem Execens (1981), Juan Pablo II constató la creciente toma de conciencia de la limitación del patrimonio natural y de su insoportable contaminación (LE 1). En Sollicitudo Rei Socialis (1987) Nº 34 se amplía considerablemente la perspectiva señalando una triple dimensión del problema: la ruptura del equilibrio cósmico, la limitación de los recursos naturales y la contaminación del ambiente.
Una vez más, es evidente que el desarrollo, así como la voluntad de planificación que lo dirige, el uso de los recursos y el modo de utilizarlos no están exentos de respetar las exigencias morales. Una de éstas impone sin duda límites al uso de la naturaleza visible. El dominio confiado al hombre por el Creador no es un poder absoluto ni se puede hablar de libertad de “usar y abusar”, o de disponer de las cosas como mejor parezca. La limitación impuesta por el mismo Creador desde el principio, y expresada simbólicamente con la prohibición de “comer del fruto del árbol” (cfr. Gn. 2, 16s.), muestra claramente que, ante la naturaleza visible, estamos sometidos a leyes no solo biológicas sino también morales, cuya transgresión no queda impune. (SRS 34).
Casi en los mismos términos se expresa Centesimus Annus (1991), destacando que en la raíz del drama ecológica existe un problema antropológico: “El hombre, que descubrió su capacidad de transformar y, en cierto sentido, de «crear» el mundo con el propio trabajo, olvida que éste se desarrolla siempre sobre la base de la primera y originaria donación de las cosas por parte de Dios. Cree que puede disponer arbitrariamente de la tierra sometiéndola sin reservas a su voluntad como si ella no tuviese una fisonomía propia y un destino anterior dados por Dios, y que el hombre puede desarrollar ciertamente, pero que no debe traicionar. En vez de desempeñar su papel de colaborador con Dios en la hora de la creación, el hombre suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza, más bien tiranizada que gobernada por él.” (CA 37)
No obstante, lo realmente novedoso que esta encíclica aporta es la noción de ecología humana y de ecología social del trabajo. Ambas expresiones son nuevas en el léxico magisterial y apuntan a la necesidad de crear un entorno, un hábitat, un clima específicamente humano donde las criaturas racionales puedan conseguir la calidad de vida más específica que les corresponde… los seres humanos necesitamos, además, un clima específicamente nuestro, hecho de afecto, reconocimiento y solidaridad efectiva, donde aprendamos a ser personas y a reconocer a los demás como personas.”[11]
Conviene releer sus expresiones y redescubrir como las estructuras sociales, jurídicas, políticas, económicas, culturales, familiares, vecinales, laborales también constituyen un hábitat que condiciona positiva o negativamente el desarrollo humano y social de las personas. La mayor conciencia ecológica por el ambiente natural debe corresponderse con la mayor conciencia ecológica por el ambiente social y humano. En realidad, al fin de cuentas, esta última subordina a la anterior.
“Además de la destrucción irracional del ambiente natural hay que recordar aquí la más grave aún del ambiente humano, al que, sin embargo, se está lejos de prestar la necesaria atención. Mientras nos preocupamos justamente, aunque mucho menos de lo necesario, de preservar los «hábitat» naturales de las diversas especies animales amenazadas de extinción, porque nos damos cuenta de que cada una de ellas aporta su propia contribución al equilibrio general de la tierra, nos esforzamos muy poco por salvaguardar las condiciones morales de una auténtica «ecología humana». No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre, el cual debe usarla respetando la intención original de que es un bien, según la cual le ha sido dada; incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado. Hay que mencionar en este contexto los graves problemas de la moderna urbanización, la necesidad de un urbanismo preocupante por la vida de las personas, así como la debida atención a una «ecología social» del trabajo.
El hombre recibe de Dios su dignidad esencial y con ella la capacidad de trascender todo ordenamiento de la sociedad hacia la verdad y el bien. Sin embargo, está condicionado por la estructura social en que vive, por la educación recibida y por el ambiente. Estos elementos pueden facilitar u obstaculizar su vivir según la verdad. Las decisiones, gracias a las cuales se constituye un ambiente humano, pueden crear estructuras concretas de pecado, impidiendo la plena realización de quienes son oprimidos de diversas maneras por las mismas. Demoler tales estructuras y sustituirlas con formas más auténticas de convivencia es un cometido que exige valentía y paciencia.” (CA 38)
“La primera estructura fundamental a favor de la «ecología humana» es la familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende que quiere decir amar y ser amado, y por consiguiente que quiere decir en concreto ser una persona… Hay que volver a considerar a la familia como el santuario de la vida. En efecto, es sagrada: es el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano. Contra la llamada cultura de la muerte, la familia constituye la sede de la cultura de la vida.” (CA 39)
Concluimos como lo hace el Manual de DSI del CELAM: “Lo que llevamos dicho nos permite concluir esta visión de la enseñanza social de Juan Pablo II, señalando con él que el hombre es el camino de la Iglesia y que la defensa de su dignidad y la promoción de su más pleno desarrollo constituye el sentido mas profundo de la Doctrina Social y el espíritu que la ha animado en estos más de cien años.”[12]


Equipo Arquidiocesano de Pastoral Social de Mendoza
Redacción: Roberto Pomilio

Mendoza, Pascua 2011






[1] Bosca Roberto, Artículo en Foro Juan Pablo II, 10 de Agosto de 2008
[2] CELAM, Manual de Doctrina Social de la Iglesia (Bogotá, 1997), pág. 302
[3] Brandinelli Rodolfo, Galán Carlos, Manual de doctrina social de la Iglesia, 3ª ed. (Bs. As., Encuentro, 1998), págs. 19-20
[4] CELAM, Manual de Doctrina Social de la Iglesia (Bogotá, 1997), pág. 303
[5] Martínez Julio L., El personalismo solidario de Juan Pablo II: Convertir la interdependencia en solidaridad, en UNISCI DISCUSSION PAPERS Nº 10 (Enero 2006)
[6] En el n. 35 de Sumi pontifica tus de Pío XII, en 1939, aparece por primera vez el término solidaridad en el Magisterio de la Iglesia, a partir de ahí se encuentra, aunque sin gran profusión ni relevancia en Mater et magistral (1961) y Pacen in ferris (1963) de Juan XXIII, en Populorum Progressio (1967) y Octogesima adveniens (1971) de Pablo VI, así como en la Constitución pastoral Gaudium et spes (1965) del Concilio Vaticano II y otros documentos menores.

[7] CELAM, Manual de Doctrina Social de la Iglesia (Bogotá, 1997), pág. 304
[8] CELAM, Manual de Doctrina Social de la Iglesia (Bogotá, 1997), pág. 306
[9] CELAM, Manual de Doctrina Social de la Iglesia (Bogotá, 1997), pág. 315-316
[10] Pontificio Consejo Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Nº 406-407
[11] CELAM, Manual de Doctrina Social de la Iglesia (Bogotá, 1997), pág. 317-319
[12] CELAM, Manual de Doctrina Social de la Iglesia (Bogotá, 1997), pág. 320